| La cuestión inflacionaria |
| Escrito por Webmaster | |
| 01.03.2010 | |
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Inversión, oferta e inflación en el Modelo Competitivo Productivo Se impone un acuerdo antiinflacionario explícito, gradualista, pero riguroso, que permita incentivar la inversión privada Eduardo Luis Curia Economista Hay voces que resaltan la importancia de la capacidad de oferta productiva de la economía, incluso, para “ablandar” presiones inflacionarias. Son posturas loables, porque el papel de la oferta es muy relevante en varios frentes. Al respecto, la inversión es la variable crucial, maduración mediante, de generación de oferta al lograr ampliar la capacidad productiva o producto potencial. La inversión es bifaz: integra la demanda y crea oferta. La ortodoxia vigente, afín al inflation targeting (IT), traza a su modo los nexos entre inversión, oferta e inflación. Toma como dado de antemano un cierto nivel de producto potencial, asociado a una tasa de crecimiento moderado, que la inversión se limita a reproducir en el tiempo. Si la demanda rebasa ese nivel de potencial, surgen presiones inflacionarias que el alza de la tasa de interés devolverá rápido a cauce. El modelo competitivo productivo -MCP-, en su período exitoso de años atrás aplicó otra fórmula: con un determinado set de precios relativos, asumió sobreexcitar la demanda, tensionado el producto potencial. Pero, a la postre, éste último se expandió, deparando más oferta. Por eso, se sobrecreció. La inversión puso el enlace entre la demanda instigada y la mayor oferta. Naturalmente, se suscitó la cuestión inflacionaria. Por su propia lógica, el MCP no concibe el ajuste monetario y la apreciación cambiaria como anclas de inflación. Luego, éstas deben fijarse seriamente en el ámbito de las políticas fiscal, de ingresos y de oferta específicas. Las insuficiencias registradas en ese ámbito posibilitaron presiones inflacionarias excesivas. Corrió mucha agua bajo el puente. La inflación efectiva se tornó un tópico de persistencia-inercia, con una puja de precios y de salarios irredenta -que realimenta el fenómeno- con atisbos de avivarse. La administración de la demanda también despierta interrogantes. Por su lado, la inversión privada se desaceleró fuerte en 2007, todavía más en 2008, y cayó en 2009. El hecho es que, insinuándose actualmente un ciclo económico positivo, el concurso de la inversión, y en especial de la privada, es clave para afianzarlo. Entonces, el tema acuciante a zanjar, es si la cuestión inflacionaria detenta una magnitud tal que, por su peso, puede turbar las expectativas de inversión privada (tan “frágiles”, como enseñaba Keynes). Neutralizando en parte ponderable el efecto de posibles estímulos materiales de la demanda (incluidos los crediticios). O, por el contrario, tales estímulos aportarán a pleno sin requerir un enfoque contundente de aquella cuestión. Votamos por lo primero. Una inflación efectiva tan importante, que recicla por medio de una puja de ingresos desencuadrada y en probable ascenso, que traduce una rotación de precios en suba y que puede inducir el recorte de los plazos de ajuste de las variables, amenaza disparar señales de alta incertidumbre que podrían contrariar las expectativas de inversión privada. Desperdiciando los estímulos de demanda y frustrando oferta. No se trata de constipar la demanda vía un shock de demanda negativo, que abortaría el repunte. Sin embargo, es recomendable un esquema antiinflacionario explícito, gradualista, pero riguroso. Conectado con una meta de inflación efectiva esperada declinante (aquí molesta la poca credibilidad del Indec), que referencie en el tiempo la pauta global de valor de las variables económicas claves. Bajo ese marco, asumiéndolo en sus decisiones, se impone un acuerdo muy amplio, a primer nivel, de las dirigencias empresarias y de los trabajadores, incluido la máxima conducción del gobierno. Naturalmente, deberá incorporarse al planteo la dinámica de las tasas de interés y del tipo de cambio, evitando su apreciación. Acóplese un manejo de sintonía fina de la demanda, para que, sí, ella empuje fuerte, no enfriando, pero tampoco quemando. Así sería más seguro el eslabón entre inversión y oferta, respetando de paso lógicos plazos de maduración. Y el repunte se consolidaría. |